Todo por la familia.

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MISA DE ANA MARIA!


Queremos decirte gracias Ana María. Como no darte las gracias!!! Si tu nos diste la oportunidad de darle”un sentido de servicio a nuestras vidas”. La oportunidad de formarnos para servir a las personas. De convertirnos en Orientadoras Familiares y poder cumplir esa misión maravillosa de poder escuchar a la gente que no tiene quien la escuche, a la gente que llega abrumada por su dolor. Como dijo Juan Pablo II “el vuestro es un compromiso que merece la calificación de misión, por lo noble que es la finalidad que persiguen”
Como no darte las gracias, si nos diste la oportunidad de aprender a trasmitir en los cursos de comunicación, que ayudan a tanta gente “a darse cuenta”, de la forma errada de tratar a sus hijos y la forma de cambiar de actitud en su familia.
A través de los cursos, tenemos la oportunidad de transmitir los valores permanentes que son los que construyen la familia.
La familia tan bombardeada por los antivalores…..
Y sentimos una satisfacción enorme, después que el Padre Estevez, al comienzo del año nos dijo:”para evangelizar, no es necesario ir a leer el evangelio, que nosotros evangelizamos a través de nuestra obra”.
Como no darte las gracias, gracias en nombre de toda la familia C.I.E.F.

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EL HOMBRE MAS FELIZ DEL MUNDO

Nos hemos acostumbrado a creer que la felicidad es una especie de competencia olímpica para tener más, ser más exitoso, sentir más placer y hacer más cosas...
El hombre más feliz del planeta es un individuo que vive en una celda de dos por dos, no es dueño ni ejecutivo de ninguna de las compañías del Fortune 500, no tiene relaciones sexuales desde hace más de 30 años, no vive pendiente del celular ni tiene Blackberry, no va al gym ni maneja un BMW, no viste ropa de Armani ni Hugo Boss, desconoce tanto el Prozac como el Viagra o el éxtasis, y ni siquiera toma Coca-Cola.
En suma: el hombre más feliz del planeta es un hombre que no tiene dinero, éxito profesional, vida sexual, ni popularidad.
Su nombre es Matthieu Ricard, francés, occidental por nacimiento, budista por convicción y el único entre cientos de voluntarios cuyo cerebro no sólo alcanzó la máxima calificación de felicidad prevista por los científicos (-0.3), sino que se salió por completo del "felizómetro": -0.45.
Los 256 sensores y decenas de resonancias magnéticas a las que Ricard se sometió a lo largo de varios años para validar el experimento no mienten:
Allí donde los niveles en los simples mortales es muy alto, - estrés, coraje, frustración - en el cerebro de Ricard, estas sensaciones negativas sencillamente no existen.
Por el contrario, ahí donde la mayoría de voluntarios mostró bajísimos niveles -satisfacción y plenitud existencial-, Ricard superó todos los índices.
Esto es, en todas y cada una de las sensaciones positivas, dando origen al título de "el hombre más feliz del planeta" (www.elmundo. es, 22 de abril)
Lo paradójico del caso no es que él sea un hombre tan feliz, sino cómo llegó a serlo:
Desprendiéndose de todo aquello en lo que los occidentales suponemos radica la felicidad: fe en un Dios salvador, éxito profesional, pericia científica, dinero, posesiones, relaciones humanas y consumo, consumo, consumo...
Y es que Ricard no es ajeno a nada de esto: hijo del miembro emérito de la academia francesa Jean François Revel, Ricard no se dejó deslumbrar por el ateísmo ilustrado de su padre, ni por su fe de nacimiento; tampoco sus estudios de genética celular en el Instituto Pasteur le trajeron la satisfacción deseada.
Con el mundo a sus pies y a punto de convertirse en una eminencia científica Un buen día decidió que ése no era el rumbo que él quería para su vida.
Se fue al Himalaya, adoptó el celibato y la pobreza de los monjes, aprendió a leer el tibetano clásico e inició una nueva vida desde cero.
Hoy es la mano derecha del Dalai Lama y ha donado millones de euros -producto de la venta de sus libros- a monasterios y obras de caridad.
Pero eso no es la causa, sino la consecuencia de su felicidad...
La causa hay que buscarla en otro lado, dice el jefe del estudio, Richard J. Davidson, y no es ningún misterio ni gracia divina:
Se llama plasticidad de la mente. Es la capacidad humana de modificar físicamente el cerebro por medio de los pensamientos que elegimos entretener.
Resulta que al igual que los músculos del cuerpo, el cerebro desarrolla y fortalece las neuronas que más utilizamos.
A más pensamientos negativos, mayor actividad en el córtex derecho del cerebro y en consecuencia, mayor ansiedad, depresión, envidia y hostilidad hacia los demás.
En otras palabras: más infelicidad autogenerada.
Por el contrario, quien trabaja en pensar bien de los demás y ver el lado amable de la vida, ejercita el córtex izquierdo, elevando las emociones placenteras y la felicidad.
Ricard advierte que no se trata de decidir ver la vida en rosa de un día para otro, sino de trabajar sistemáticamente en debilitar esos músculos de infelicidad que tanto hemos fortalecido creyéndonos víctimas del pasado, de los padres o del entorno, y paralelamente, comenzar a ejercitar los músculos mentales que nos hacen absoluta y directamente responsables de nuestra propia felicidad
(M. Ricard, En defensa de la felicidad, Ed.Urano).
Al final, los resultados del estudio de nuestra civilización consumista donde el Prozac se vende cuatro veces más que el Viagra - confirman ahora sí con pruebas científicas en mano, lo que humanistas y profetas de todas las épocas han venido diciendo ...sin que los científicos materialistas les dieran ni un mínimo de crédito..
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A saber: que la felicidad es un asunto del espíritu.
- No depende de nada ni de nadie externo a la persona (Buddha)
- La clave para ser feliz mora en el interior de cada quien (Jesús)

- La felicidad es un hábito, o el resultado de varios hábitos (Aristóteles)


Ricard admite que su camino no es más que uno entre muchos, Pero advierte que ser feliz necesariamente sucede al dejar de culpar a los demás de nuestra infelicidad y buscar la causa en nuestra propia mente.

"Vivir las experiencias que nos ofrece la vida, es obligatorio; sufrirlas o gozarlas, es opcional".

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Hablemos de la envidia...

A través de palabras que uno pronuncia, o sólo a través de algún pensamiento, la envidia es algo con lo que toda persona en algún momento se enfrenta. “No es justo que él tenga más vacaciones que yo”. “¡Los hijos de ella son tan educados! Desearía que los míos fuesen obedientes, para yo parecer mejor madre”. “Se acaba de comprar un auto 0 Km. ¡Me gustaría ser él!”


¿Qué es la envidia?
La envidia es un sentimiento negativo que surge cuando uno se compara con otra persona, y experimenta cierta tristeza por el bien del otro. Ese bien ajeno se considera como un mal de uno. El envidioso es un insatisfecho que no sabe que lo es. Consciente o inconscientemente siente rencor contra las personas que poseen algo (belleza, dinero, sexo, éxito, poder, libertad, amor, personalidad, experiencia, felicidad, etc.) que él también desea pero no puede o no quiere desarrollar. Así, en vez de aceptar sus carencias o percatarse de sus deseos y facultades y darles curso, el envidioso odia y desearía destruir a toda persona que, como un espejo, le recuerda su privación. La envidia es, en otras palabras, la rabia vengadora del impotente que, en vez de luchar por sus anhelos, prefiere eliminar la competencia.
Para que en lugar de producirse envidia surja admiración, es necesario que las cualidades que se observan en la otra persona no representen una amenaza para la propia valoración. Por eso la envidia aparece con frecuencia en ambientes marcados por la tendencia a evaluar el rendimiento de forma individualista y competitiva.
No se siente envidia hacia aquella persona que está muy lejos de uno, ya sea una lejanía en el espacio, en el tiempo o en la situación socioeconómica. Por lo general se envidia a alguien que se tiene cerca, y uno quiere ser igual o aún superior a esa persona.
La envidia siempre es mala, porque mata la caridad. La caridad se alegra con el bien del prójimo, pero la envidia termina siempre en un resentimiento o rivalidad por el éxito, logros y ventajas del prójimo. La envidia también mata la misericordia. Mientras que la misericordia se entristece con el mal del prójimo, la envidia, al contrario, puede llegar a alegrarse.

Por la JUSTICIA, uno recibe lo que merece;
por la MISERICORDIA, uno no recibe lo que merece;
y por la GRACIA, uno recibe lo que no merece.

La envidia surge de dos tendencias del ser humano: desear lo que no se tiene y compararse con los demás. A diferencia de la “envidia sana”, la envidia propiamente dicha es destructiva, origina en la persona un malestar emocional que a la vez le dificulta alcanzar aquello que envidia.


Pautas para prevenir la envidia
 Estimular la empatía, la capacidad para ponerse en el lugar del otro.
 Favorecer la confianza básica en uno mismo y en los demás, ya que la envidia se produce siempre en situaciones que son vividas como una amenaza.
 Establecer desde la infancia relaciones adecuadas con los iguales, ya que por lo general se envidia a personas que ocupan posiciones próximas, en relaciones que se esperan de igualdad.
 Aprender a relativizar las diferencias sociales y a elegir adecuadamente con quién, cómo y cuándo compararse, para evitar que dicha comparación tenga un efecto destructivo.
 Aprender a valorar con precisión la propia competencia, sin infravalorarse ni sobrevalorarse.
 Aprender a definir los fracasos como dificultades a resolver, analizando qué se puede cambiar y valorando cualquier progreso por pequeño que sea.
 El optimismo puede ayudar a prevenir importantes problemas emocionales.
 Aprender a colaborar, a dar y pedir ayuda.
 Plantearse objetivos realistas, poner en marcha acciones adecuadas para alcanzarlos, y esforzarse por superar los obstáculos que surjan, para alcanzar el éxito y el reconocimiento que necesitamos.
 Una de las mejores protecciones contra la envidia es el optimismo aprendido, acostumbrarse a centrar la atención en los aspectos más positivos de la realidad, pero sin dejar de percibirla con precisión.
 Aprender a relativizar el éxito, ayuda a generar defensas con las que poder afrontar el primer fracaso cuando éste se produzca, y adaptarse mejor a esa situación.
 Aprender a compararse con uno mismo, para adquirir el sentido de progreso.

¿Cómo salir de la envidia?
Cuanto más débil, insatisfecha o narcisista es una persona, tanto más envidiará a la gente que posea lo que a ella le falta. La envidia se cura tomando conciencia y resolviendo las propias carencias, a través de un proceso de crecimiento emocional. La persona madura no envidia a nadie. Aquí van algunas pautas que pueden ayudar a salir de la envidia:
 Conectarse con DIOS.
 Sentir el cariño y el apoyo de los seres queridos.
 Desarrollar el sentido del humor.
 Hallar la propia identidad.
 Ser consciente de qué es lo prioritario en la propia vida.
 Tolerar mis defectos y valorar mis cualidades.
 Valorar las cualidades ajenas en su justa medida.

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El ABC de la reconstrucción del mundo

“Hallé este artículo en mi trabajo como investigador de la fundación Omar Ibargoyen Paiva, que sostie-ne el Movimiento Latinoamericano ‘Gente que Avanza’ –antes conocido como ‘Viva la Gente’– (ver «Boletín del Cief» nº 43, abril 2008, pp. 20-21). Aunque fue escrito en 1955, su mensaje esencial es váli-do para cualquier época, también para la nuestra. ‘Antes que el cambio de las estructuras sociales, es necesario el cambio de las estructuras mentales del ser humano’, afirmaba Omar Ibargoyen Paiva. El ‘cambio’ es justamente la principal herramienta para la reconstrucción del mundo en el siglo XXI”. (Pedro Gaudiano)


En la actualidad hay muchos problemas que necesitan solución: cuestiones de paz y guerra, de capitalis-mo y comunismo, problemas de alimentos y población. Pero la cuestión más seria que cada uno de noso-tros debe afrontar es: ¿Cómo puedo yo empezar a participar en la reconstrucción del mundo?
Solamente los muy ciegos y los muy egoístas están conformes con dejar al mundo así como está. Muchos creen que ellos tienen la solución, pero siempre quieren que sea otro el que empiece. Muchos son los que luchan por la curación, pero se han equivocado en el diagnóstico. La manera en que veo los errores de otros hombres y naciones, al mismo tiempo que cierro mis ojos a mis propias faltas, no se debe al comu-nismo o al capitalismo, ni a mi raza o clase. Se debe al orgullo, ambición y pretensión de superioridad. Se debe a mi manera de ser. […]
Si el mundo está como está, es debido a la manera en que yo vivo y viven millones de personas como yo. La mayoría de nosotros sabe dónde se necesita el cambio. Vemos con toda claridad el cambio que necesi-tan otros individuos y pueblos. Pero el secreto para reconstruir al mundo está en empezar con nosotros mismos y en nuestra propia patria. Según soy yo, así es mi país.

Cómo cambiar
Para cambiar hay que comenzar por corregir los errores. El asunto es ¿cómo se empieza? Tome papel y lápiz y escriba las cosas en que necesita cambiar. Empiece con honradez absoluta. ¿Qué hay con respecto al dinero? Me viene a la memoria cierto amigo mío que siempre se quejaba de la falta de honradez en el gobierno mientras él mismo estaba evadiendo el pago de derechos aduaneros. Su cambio consistió en pagar todo lo que debía. Hoy día en vez de criticar a los políticos, él les relata cómo llegó a ser honrado.
¿Y qué pasa con aquella persona con quien nos sentimos más distanciados? ¿Todo es por su culpa? Yo puedo estar equivocado el 10%, pero es más fácil para mí corregir ese 10%, que para esa otra persona enmendar su 90%. Entonces, ¿por qué no empezar por lo más fácil? Un pedido de perdón sincero produce siempre su efecto entre los hombres, en cualquier situación en la que se encuentren: en una industria, en un gabinete de gobierno o en una conferencia internacional.
Prosiga ahora con la pureza. ¿Vivo por y para mí mismo, o por lo que puedo hacer por los demás? ¿Estoy gobernado por lo que yo deseo o por lo que es justo? ¿Exploto a otros para mi propia satisfacción o estoy limpio en ese aspecto? Absoluta pureza incluye también los pensamientos. Es una prueba muy dura, pero podemos ser diferentes, y es necesario. No podemos construir una nueva sociedad sobre hogares des-hechos.
Piense en el desinterés. La mayoría de nuestros planes políticos, económicos y sociales han sido elabora-dos para satisfacer nuestro egoísmo. ¿Qué ocurriría si pensáramos más en los otros que en nosotros mis-mos? ¿Qué pasaría si cada uno de nosotros decidiera simplemente no volver a preocuparse por sí mismo? El egoísmo es una fuerza destructiva de la sociedad. Nos ata y nos ciega; nos endurece y ensordece; tam-bién nos divide y se multiplica.
¿Y qué del amor absoluto? Amar de verdad a alguien es vivir para hacer que esa persona alcance su ple-nitud de ser en el mundo. Significa comportarme de la manera como me gustaría que se comportaran otros individuos y naciones. Para conseguirlo debo encontrar una solución a la ambición y la envidia que hay en mi propia vida. Es necesario un milagro. El milagro empieza cuando comenzamos a escuchar dos veces más de lo que actualmente hablamos. Para los humanos, esta es la forma normal de vivir; después de todo, para esto nos han sido dadas dos orejas y una boca.

Tómese tiempo para escuchar
Para empezar a escuchar bastan diez minutos. Escriba todos los pensamientos que le vengan a la mente. Compare esos pensamientos con los cuatro principios: absoluta honradez, absoluta pureza, absoluto desinterés y absoluto amor. Obedezca los pensamientos que obtenga. Siempre será algo que Ud. pueda hacer y siempre será algo que tiene que ser hecho. Comience cada día con esta disciplina.
La primera vez que escuché, tuve ideas acerca de la devolución de cosas que yo había pedido prestado y me las había quedado. Pensé en pedir perdón a un hombre a quien yo había criticado mucho porque esta-ba ambicionando su puesto. Fui orientado en el sentido de ser honesto con mi familia.

Una fuerza efectiva
La experiencia general sobre esto es que tan pronto como empezamos a corregir lo que podemos, un nue-vo poder es liberado dentro de nosotros y éste nulifica el orgullo, la ambición y el rencor que nos guían la mayor parte del tiempo. La fórmula es sencilla: escuche honradamente. Apúntelo. Realícelo. Los resulta-dos son innegables. Para cualquiera, y en cualquier lugar, ya sea con fe o sin ella, esto funciona positiva-mente. Ya ha sido probado, comprobado y verificado. No hemos sabido que haya fallado nunca. Usted puede tratar de argumentar (yo lo hice), Usted puede tratar de reírse (yo lo hice). Yo me reí, pero no pre-cisamente porque aquello fuese cómico, sino porque iba a tener que corregir una situación difícil. Mi cortina de humo fue la risa. Pero cuando Ud. lo haga, penetrará en una nueva vida. Ud. podrá vivir y crear unidad. Reconstruirá hombres y sus relaciones entre ellos. Ud. llegará a ser una fuerza efectiva para la reconstrucción del mundo.

Conferencia sobre el “cambio”

El Prof. Pedro Gaudiano es colaborador de la revista virtual gratuita «Fe y Razón» (disponible en www.revistafeyrazon.blogspot.com), que este año 2009 cumplió sus primeros diez años de vida. El ani-versario se conmemoró el 4 de noviembre con un acto académico en la Facultad de Teología del Uruguay. Entre los disertantes estuvo el Prof. Gaudiano, cuya ponencia se tituló: “El cambio: origen y principal herramienta del Movimiento Latinoamericano Viva la Gente / Gente que Avanza”.




* Este artículo fue publicado en la revista mensual «Color» [Philadelphia, EE.UU.], enero de 1955, pp. 17-19. Dicha revista se editaba en inglés, francés y español. Nos hemos permitido realizar algunas leves correcciones en la versión en español.

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Reflexiones sobre la dignidad humana

El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos, que se basa en la dignidad de la persona humana. A 60 años de aquel acontecimiento histórico se proponen algunas reflexiones, esperando puedan ser compartidas tanto por los creyentes en cualquier religión, como también por quienes se autodefinen como no creyentes, agnósticos o ateos.

Las dos guerras mundiales y los totalitarismos del siglo XX acercaron a católicos y protestantes, junto con liberales y socialdemócratas, en diálogo también con otras corrientes ideológicas y religiosas; disminuyeron los enfrentamientos entre ellos y aumentaron las redes de cooperación en la reconstrucción democrática y la reafirmación de los derechos humanos.

La democracia, lo menos malo
Se puede afirmar que hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de los países del planeta tienen gobiernos democráticamente elegidos. Se calcula que 118 de los 193 países del mundo actual (o sea el 61%) tienen regímenes democráticos –aunque con muchas variantes y límites–, que han aumentado significativamente en los últimos veinte años.
Es famoso el dicho de que la democracia, fundada en los derechos y libertades humanas, es el menos malo de los regímenes políticos conocidos. Esto parece indudable después de un siglo de ideologías y sistemas totalitarios, de guerras mundiales, del holocausto, de campos de concentración, de políticas genocidas. También parece indudable en América Latina, después de un muy sufrido legado de persecuciones liberticidas, tiranías represivas, “guerras sucias”, prácticas de torturas y “desapariciones”, violencias guerrilleras, métodos terroristas, situaciones generalizadas de conculcación de derechos humanos.
Sin embargo, también son conocidas las fragilidades y corrupciones de las democracias, cuyos valores, normas e instituciones hay siempre que custodiar y perfeccionar. Guzmán Carriquiry (ver recuadro) afirma que, en la actualidad, es posible constatar que los procesos de democratización tienen una especial fuerza de arraigo y de re-emergencia en ámbitos civilizatorios de sustrato cultural judeo-cristiano, mientras que encuentran graves dificultades en otros ámbitos civilizatorios, religiosos e ideológicos.
El 26 de agosto de 2008 el Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos de la Santa Sede, el uruguayo Guzmán Carriquiry, recibió el título de “Doctor Honoris Causa” de parte de la Universidad FASTA (Fraternidad Agrupaciones Santo Tomás de Aquino) de Mar del Plata (Argentina). Su significativo discurso se tituló: “A 60 años de la Declaración de los Derechos del Hombre. La cuestión de los fundamentos: entre la tradición jusnaturalista y el relativismo cultural”; se puede consultar en su totalidad en la revista virtual «Fe y Razón», octubre 2008, http://www.feyrazon.org/Revista/FeyRazon27.htm
La igualdad de dignidad básica común
En primer lugar es necesario acordar, como punto de partida esencial, la existencia de una igualdad de dignidad básica común a todos los seres humanos. Esto significa aceptar que no hay personas de “primera clase” y de “segunda clase”: el rico no es más persona que el pobre, el sano no es más persona que el enfermo, el blanco no es más persona que el negro, etc. Cada persona concreta, por el sólo hecho de ser persona, posee una “base” de dignidad que es la misma para cualquier ser humano. Por eso cada persona merece ser respetada por el sólo hecho de ser persona.
Sobre esa “base” común, algunos llegan a crecer enormemente en dignidad. Es fácil reconocer por ejemplo en una Madre Teresa, o en un Mahatma Gandhi, un alto nivel de dignidad, que ellos fueron generando en su vida a través de sus acciones concretas a favor de los demás. Por eso se han convertido en “modelos” para toda la humanidad.
Sin embargo, parecería que otros han quedado sólo en la “base” de dignidad. Pensemos por ejemplo en Hitler. Sus acciones concretas en contra de la dignidad de otras personas, muestran que él no creció en dignidad humana. Incluso alguien podría calificarlo de “infra-humano”. Pero en realidad era una persona y, como tal, también él tenía una dignidad humana “básica”.
Entre ambos extremos nos podemos ubicar nosotros. Cada uno tiene la posibilidad de crecer en dignidad hasta horizontes insospechados (como Madre Teresa o Gandhi); pero cada uno tiene también la posibilidad de disminuir en dignidad hasta horizontes insospechados (como Hitler). Todo depende de cómo vivamos y de las acciones que realicemos con respecto a los demás. Pero ninguna persona puede ubicarse “por debajo” del nivel de dignidad básica común.

La fuente de esa igualdad
El segundo paso de nuestra reflexión consiste en preguntarnos: ¿De dónde proviene esa igualdad de dignidad básica común entre todos los hombres de todos los tiempos y lugares? ¿Cuál es su fuente, su origen? Se puede responder:
a) Es evidente que no puede provenir de un ser de inferior rango que el ser humano, como una piedra, un árbol o un animal.
b) Tampoco puede provenir de un ser humano concreto, porque cualquier ser humano está limitado por las coordenadas espacio-temporales: vive en un espacio determinado y durante un número determinado de años.
c) Entonces se puede plantear, al menos como hipótesis, la existencia de un ser Absoluto Radical, por fuera de las coordenadas espacio-temporales, “sobre-natural”, que pudiera haber creado a todas y cada una de las personas de todos los tiempos y de todos los lugares del planeta. Obviamente, el que es creyente de inmediato pensará que ese Absoluto Radical es el “Dios” de su religión. Pero interesa especialmente destacar que aún el no creyente, el agnóstico o el ateo, que posea una mente desprejuiciada, puede llegar a aceptar al menos la “hipótesis” de la existencia de ese Absoluto Radical, dándole cada uno el nombre que quiera. Dicho de otra manera, cualquier persona puede llegar a aceptar que “si existiera ese Absoluto Radical”, entonces sería como un punto de referencia externo a la humanidad, y ese punto de referencia permitiría explicar la igualdad de dignidad básica común entre todos los seres humanos de todos los tiempos.
Desde esta perspectiva, se podría dar aún un paso más: Yo tengo que respetar la dignidad de cualquier persona humana, porque al respetar la dignidad de esa persona concreta, al mismo tiempo estoy respetando la dignidad de aquel Absoluto Radical que hace que esa persona tenga “básicamente” la misma dignidad que yo.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se nota la influencia cristiana en conceptos básicos como “la dignidad innata” de la persona humana, cuando se afirma que está “dotada de razón y conciencia”, cuando se afirma la igualdad de los hombres basada en esa común dignidad, cuando se habla de “derechos imprescriptibles”, cuando se reconocen no sólo los derechos individuales sino también los derechos sociales de cuerpos intermedios como la familia, considerada “base fundamental” de la sociedad y en el que los padres tienen el derecho primario de poder elegir la educación de sus hijos, así como cuando se reconoce el derecho al trabajo y a una justa remuneración (ver: http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm).

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